Hace poco más de un mes me robaron en plena calle. Me
arrebataron la cartera y con ella mi celular, mis llaves, mi billetera con
documentos, tarjetas y la foto carnet que me gustaba tanto. Lo que más lamenté
fue la cartera. Una linda cartera artesanal, de cuero firme, que poco deben
haber valorado los ladrones.
Aunque en realidad, lo que más lamenté fue tener que hacer
la denuncia (trámite obligatorio para recuperar documentos y tarjetas),
sabiendo que esa denuncia engrosaría las estadísticas con las que los políticos
de turno fundamentan sus "políticas de seguridad". Porque ante la
pregunta del funcionario policial (que se encargó de hacerme saber que “no era
policía”, sino estudiante de abogacía) acerca del aspecto de los ladrones,
tenía ganas de responder: ambos rubios, de ojos celestes y tez clara, vestían
chombas de piqué, zapatos náuticos y pantalones de lino color crudo. Sí, tenía
ganas de responder eso, para no tener que decir que eran de tez morena, ojos
oscuros, pelo corto y pantalones anchos. Porque sabía que mi descripción les
daba letra a los que después se quejan de “los negros chorros” y exigen contra
ellos "mano dura". Sabía, insisto, que mi denuncia pasaría a engrosar
esa estadística nefasta que los medios monopólicos repiten hasta el hartazgo.
No fue lindo que me robaran y todavía me asusta un poco
andar sola de noche por calles poco transitadas. Pero no escribo este artículo
para hablar de eso, sino para reflexionar sobre ese tema tan en boca de tantos,
que es “la inseguridad".
En la marcha del 8 de noviembre pasado (a la que no fui por
muchas razones que ya describí en otra oportunidad), entre las poco disimuladas
muestras de rencor y odio de clase, las consignas golpistas de los secuaces de
Pando, los incoherentes pedidos de "que se vayan todos" para que
venga "noséquién", había muchos que pedían por mayor seguridad. Es
decir: que disminuyera la inseguridad. Y muchos habían sido víctimas de esa
inseguridad que el gobierno nacional no está sabiendo resolver, según las
opiniones de los que se animaron a hablar ante los pocos micrófonos que se les
brindaron. Muchos pedían "mano dura". Con otras palabras, con
eufemismos de todo tipo, lo que pedían eran más policías, con mayores
libertades para reprimir el crimen, de la forma que fuera necesaria. Pedían eso
sin reparar en nada, sin reflexionar mínimamente en los porqués de esta tan publicitada inseguridad.
Y acá quiero hacer un paréntesis para explicar por qué hablo
de “publicitada” inseguridad. Una de las citas más repetidas por los
“tele-manifestantes" (acabo de bautizar así a los que en una manifestación
repiten en sus “consignas” lo que escuchan en la televisión) fue la tan criticada
frase "sensación de inseguridad”. La gente estaba indignada porque según
ellos el gobierno no reconoce que hay inseguridad y, por el contrario, habla de
una “sensación de inseguridad”. ¿Por qué el gobierno habla de sensación de
inseguridad, si todos los días vemos en la tele que hay robos, asaltos a mano
armada, atracos de todo tipo, cada vez más y más violentos? ¿No ve televisión
el gobierno nacional, que está tan mal informado? ¿O será que en la tele están
siendo un poquito exagerados con esto de la inseguridad, para generar un clima
negativo y de miedo en la sociedad? Me pregunto, por preguntona nomás.
Entonces, como soy curiosa, me puse a investigar. Con ayuda de Google pude
encontrar varias estadísticas, de diferentes consultoras, de diferentes países.
Encontré una que es citada por varias páginas: una estadística realizada por el
Consejo
Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, que se define como
una "red apartidista, laica e independiente" surgida de la sociedad
civil mexicana. En esa estadística, que
pueden ver haciendo click aquí, están enlistadas las 50 ciudades más
peligrosas del mundo. Y ¡oh sorpresa!, en toda la lista no figura ni una ciudad
argentina. Sí figuran, en cambio, varias ciudades mexicanas, brasileras,
colombianas, venezolanas y hasta estadounidenses (cuatro). También hay ciudades
sudafricanas (como Johannesburgo, que es la última en el ranking), pero ni una
ciudad argentina. Creo que con esto alcanza para dejar en claro a qué me
refiero con esto de la "publicitada inseguridad".
No quiero negar la inseguridad. Empecé esta nota contando
que me robaron. Podría agregar que hace unos tres meses me habían robado la
bicicleta y que conozco a mucha gente a la cual le robaron más de una vez. La
inseguridad existe. Es algo con lo que tenemos que lidiar cotidianamente. No la
niego, pero la quiero relativizar y, sobre todo, poner en discusión.
Quisiera discutir con algunos de los tele-manifestantes
acerca de este tema. Quisiera preguntarles si se pusieron a pensar un minuto en
algunas cosas que resumiré en forma de preguntas:
- ¿Se preguntaron alguna vez de dónde viene la inseguridad?
¿Están seguros de que la ecuación “más policías = menos inseguridad” es
correcta?
- Y cuando hablan de los "negros chorros", ¿se
pusieron a pensar alguna vez en lo que eso significa, en el enorme acto
discriminatorio que esas palabras materializan?
Me gustaría intentar responder estas preguntas. Y aclaro que
las respuestas salen de lo que yo llamo "mi sentido común", es decir
que no tengo libros leídos sobre el tema, ni he realizado ningún estudio al
respecto y todo lo que sé lo sé por experiencia personal, por escuchar a otros
o, simplemente, porque trato de no dejarme llevar por "lo que dice la
gente en la calle", sino de ir un poquito más allá, detrás de las razones.
No hay que ser muy instruido para darse cuenta de que la
inseguridad es el resultado de una ecuación un poco más compleja que la de
“menos policías = más inseguridad”. La ecuación de la que resulta la
inseguridad es la de un sistema donde reina la desigualdad, es decir "más desigualdad = más inseguridad".
Pero además vivimos en un sistema que no sólo propicia y exacerba hasta el
límite una desigualdad estructural y criminal (sí, la desigualdad es criminal,
no el pibe que roba), sino que propicia hábitos de consumo enfermizos y
peligrosísimos. En este sistema algunas personas gozan de los beneficios de
pertenecer a una determinada clase social privilegiada, poseen educación, lo
cual les abre las puertas al mercado laboral, con lo cual pueden ganar dinero
y, por ende, comprar sin mayores problemas todo lo que se les antoja. Y mucho
de lo que se les –“se nos” – antoja, es aquello que vemos diariamente en las
publicidades. El sistema discrimina. Pero el mercado no discrimina. A todos
lleva su mensaje de "compra y serás feliz". En este sistema, el
mercado tiene libertad absoluta para hacer creer a todos, hasta al más pobre de
los pobres, que adquiriendo tal o cual producto puede ser feliz... aunque sea
por un ratito. Ahora bien el que pertenece a esa clase privilegiada,
"incluida", puede comprar sin problemas. ¿Y los que no? ¿Y los
excluidos? ¿Ellos, cómo adquieren esos productos prometedores de felicidad
inmediata? Señor cacerolero, señora cacerolera, ¿se pusieron a pensar en esto
cuando reclamaban mayor “seguridad”?
Y con respecto a lo de "negros chorros" también
quisiera hacer algunas reflexiones. En nuestro país, que siempre se creyó
"el más europeo de Latinoamérica", hay una población descendiente de
los pueblos originarios que supera ampliamente a la población “blanca”. A pesar
de que durante un siglos nos hicieron creer que "los indios" eran
parte del pasado, lo cierto es que los descendientes de esos mal llamados
"indios" están más vivos que nunca entre nosotros, reivindicando su
origen, peleando por sus tierras y reconociéndose miembros de esas comunidades
ancestrales que el hombre blanco, con su sangrienta "civilización" no
pudo eliminar del mapa para siempre, ¡por suerte!. ¿A qué voy con todo esto? En
pocas palabras quiero decir que los “blancos” son minoría en este país. Y el
que no lo crea así, le pido por favor que salga y sé de una vueltita por las
provincias del norte, por la Patagonia mapuche, el Litoral y también por los
suburbios de cualquier ciudad capitalina. No, no me voy del tema. Lo que quiero
es relativizar esta idea, tan generalizada, de que todos los ladrones son “negros”
(o morochos o como quieran llamarlos). Señoras y señores: en nuestro país la
mayoría somos negros (y me incluyo, aunque mi piel diga lo contrario, porque
lamentablemente no heredé la tez morena de mi bisabuelo indígena). Pero sucede
que la minoría blanca fue siempre la preferida de nuestros gobernantes, que en
eufemísticas “campañas al desierto” (un desierto paradójicamente más poblado
que cualquier ciudad patagónica actual) asesinaron a los pobladores originarios
y que invitaban a los anglosajones a poblar estas tierras, por creerlos más laboriosos
que "los indios vagos”. La minoría blanca que pudo prosperar gracias a esa
discriminación fundacional de nuestro país resumida en los términos
"civilización o barbarie" es la que hoy sale a la calle a reclamar
por penas más duras contra los "negros chorros" que se atreven a
querer acceder, a como dé lugar, a los beneficios del dinero que las minorías
supieron conseguir para sí. Y sí, las estadísticas confirmarán siempre que en
un país donde la mayoría de los pobladores tienen tez morena, lo más probable
es que la mayoría de los delitos sean cometidos por personas con esas
características, ¡simplemente porque son más! Pero si hablamos de delitos y si
vamos a ser tan puntillosos con el análisis estadístico, podríamos hacer otra
estadística donde salga a la luz otra realidad innegable, y es que la mayoría
de los delitos de evasión fiscal son cometidos por la minoría de tez
"blanca". ¿Qué piensan de estos delitos los caceroleros?
Creo que mis apuntes se hicieron un poco extensos. Agradezco
a los que hayan tenido la paciencia de leerme hasta acá. Todo este palabrerío
no es más que un intento de reflexión acerca de temas que, me parece, se
mencionan constantemente desde una peligrosa y tendenciosa superficialidad.
Porque a muchos les conviene que nadie se ponga a pensar en todas estas
cuestiones. A muchos les conviene que la gente tenga miedo y salga a pedir mano
dura. Hay muchos que quisieran que vuelva Roca a hacer de las suyas. Lo sé,
porque en mi ciudad convocaban a la manifestación del 8N repartiendo folletos
con la cara de este nefasto personaje.