jueves, 15 de noviembre de 2012

Apuntes sobre ¿inseguridad?




Hace poco más de un mes me robaron en plena calle. Me arrebataron la cartera y con ella mi celular, mis llaves, mi billetera con documentos, tarjetas y la foto carnet que me gustaba tanto. Lo que más lamenté fue la cartera. Una linda cartera artesanal, de cuero firme, que poco deben haber valorado los ladrones.

Aunque en realidad, lo que más lamenté fue tener que hacer la denuncia (trámite obligatorio para recuperar documentos y tarjetas), sabiendo que esa denuncia engrosaría las estadísticas con las que los políticos de turno fundamentan sus "políticas de seguridad". Porque ante la pregunta del funcionario policial (que se encargó de hacerme saber que “no era policía”, sino estudiante de abogacía) acerca del aspecto de los ladrones, tenía ganas de responder: ambos rubios, de ojos celestes y tez clara, vestían chombas de piqué, zapatos náuticos y pantalones de lino color crudo. Sí, tenía ganas de responder eso, para no tener que decir que eran de tez morena, ojos oscuros, pelo corto y pantalones anchos. Porque sabía que mi descripción les daba letra a los que después se quejan de “los negros chorros” y exigen contra ellos "mano dura". Sabía, insisto, que mi denuncia pasaría a engrosar esa estadística nefasta que los medios monopólicos repiten hasta el hartazgo.

No fue lindo que me robaran y todavía me asusta un poco andar sola de noche por calles poco transitadas. Pero no escribo este artículo para hablar de eso, sino para reflexionar sobre ese tema tan en boca de tantos, que es “la inseguridad".

En la marcha del 8 de noviembre pasado (a la que no fui por muchas razones que ya describí en otra oportunidad), entre las poco disimuladas muestras de rencor y odio de clase, las consignas golpistas de los secuaces de Pando, los incoherentes pedidos de "que se vayan todos" para que venga "noséquién", había muchos que pedían por mayor seguridad. Es decir: que disminuyera la inseguridad. Y muchos habían sido víctimas de esa inseguridad que el gobierno nacional no está sabiendo resolver, según las opiniones de los que se animaron a hablar ante los pocos micrófonos que se les brindaron. Muchos pedían "mano dura". Con otras palabras, con eufemismos de todo tipo, lo que pedían eran más policías, con mayores libertades para reprimir el crimen, de la forma que fuera necesaria. Pedían eso sin reparar en nada, sin reflexionar mínimamente en los porqués de esta tan publicitada inseguridad.

Y acá quiero hacer un paréntesis para explicar por qué hablo de “publicitada” inseguridad. Una de las citas más repetidas por los “tele-manifestantes" (acabo de bautizar así a los que en una manifestación repiten en sus “consignas” lo que escuchan en la televisión) fue la tan criticada frase "sensación de inseguridad”. La gente estaba indignada porque según ellos el gobierno no reconoce que hay inseguridad y, por el contrario, habla de una “sensación de inseguridad”. ¿Por qué el gobierno habla de sensación de inseguridad, si todos los días vemos en la tele que hay robos, asaltos a mano armada, atracos de todo tipo, cada vez más y más violentos? ¿No ve televisión el gobierno nacional, que está tan mal informado? ¿O será que en la tele están siendo un poquito exagerados con esto de la inseguridad, para generar un clima negativo y de miedo en la sociedad? Me pregunto, por preguntona nomás. Entonces, como soy curiosa, me puse a investigar. Con ayuda de Google pude encontrar varias estadísticas, de diferentes consultoras, de diferentes países. Encontré una que es citada por varias páginas: una estadística realizada por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, que se define como una "red apartidista, laica e independiente" surgida de la sociedad civil mexicana. En esa estadística, que pueden ver haciendo click aquí, están enlistadas las 50 ciudades más peligrosas del mundo. Y ¡oh sorpresa!, en toda la lista no figura ni una ciudad argentina. Sí figuran, en cambio, varias ciudades mexicanas, brasileras, colombianas, venezolanas y hasta estadounidenses (cuatro). También hay ciudades sudafricanas (como Johannesburgo, que es la última en el ranking), pero ni una ciudad argentina. Creo que con esto alcanza para dejar en claro a qué me refiero con esto de la "publicitada inseguridad".

No quiero negar la inseguridad. Empecé esta nota contando que me robaron. Podría agregar que hace unos tres meses me habían robado la bicicleta y que conozco a mucha gente a la cual le robaron más de una vez. La inseguridad existe. Es algo con lo que tenemos que lidiar cotidianamente. No la niego, pero la quiero relativizar y, sobre todo, poner en discusión.

Quisiera discutir con algunos de los tele-manifestantes acerca de este tema. Quisiera preguntarles si se pusieron a pensar un minuto en algunas cosas que resumiré en forma de preguntas:
- ¿Se preguntaron alguna vez de dónde viene la inseguridad? ¿Están seguros de que la ecuación “más policías = menos inseguridad” es correcta?
- Y cuando hablan de los "negros chorros", ¿se pusieron a pensar alguna vez en lo que eso significa, en el enorme acto discriminatorio que esas palabras materializan?

Me gustaría intentar responder estas preguntas. Y aclaro que las respuestas salen de lo que yo llamo "mi sentido común", es decir que no tengo libros leídos sobre el tema, ni he realizado ningún estudio al respecto y todo lo que sé lo sé por experiencia personal, por escuchar a otros o, simplemente, porque trato de no dejarme llevar por "lo que dice la gente en la calle", sino de ir un poquito más allá, detrás de las razones.

No hay que ser muy instruido para darse cuenta de que la inseguridad es el resultado de una ecuación un poco más compleja que la de “menos policías = más inseguridad”. La ecuación de la que resulta la inseguridad es la de un sistema donde reina  la desigualdad, es decir  "más desigualdad = más inseguridad". Pero además vivimos en un sistema que no sólo propicia y exacerba hasta el límite una desigualdad estructural y criminal (sí, la desigualdad es criminal, no el pibe que roba), sino que propicia hábitos de consumo enfermizos y peligrosísimos. En este sistema algunas personas gozan de los beneficios de pertenecer a una determinada clase social privilegiada, poseen educación, lo cual les abre las puertas al mercado laboral, con lo cual pueden ganar dinero y, por ende, comprar sin mayores problemas todo lo que se les antoja. Y mucho de lo que se les –“se nos” – antoja, es aquello que vemos diariamente en las publicidades. El sistema discrimina. Pero el mercado no discrimina. A todos lleva su mensaje de "compra y serás feliz". En este sistema, el mercado tiene libertad absoluta para hacer creer a todos, hasta al más pobre de los pobres, que adquiriendo tal o cual producto puede ser feliz... aunque sea por un ratito. Ahora bien el que pertenece a esa clase privilegiada, "incluida", puede comprar sin problemas. ¿Y los que no? ¿Y los excluidos? ¿Ellos, cómo adquieren esos productos prometedores de felicidad inmediata? Señor cacerolero, señora cacerolera, ¿se pusieron a pensar en esto cuando reclamaban mayor “seguridad”?

Y con respecto a lo de "negros chorros" también quisiera hacer algunas reflexiones. En nuestro país, que siempre se creyó "el más europeo de Latinoamérica", hay una población descendiente de los pueblos originarios que supera ampliamente a la población “blanca”. A pesar de que durante un siglos nos hicieron creer que "los indios" eran parte del pasado, lo cierto es que los descendientes de esos mal llamados "indios" están más vivos que nunca entre nosotros, reivindicando su origen, peleando por sus tierras y reconociéndose miembros de esas comunidades ancestrales que el hombre blanco, con su sangrienta "civilización" no pudo eliminar del mapa para siempre, ¡por suerte!. ¿A qué voy con todo esto? En pocas palabras quiero decir que los “blancos” son minoría en este país. Y el que no lo crea así, le pido por favor que salga y sé de una vueltita por las provincias del norte, por la Patagonia mapuche, el Litoral y también por los suburbios de cualquier ciudad capitalina. No, no me voy del tema. Lo que quiero es relativizar esta idea, tan generalizada, de que todos los ladrones son “negros” (o morochos o como quieran llamarlos). Señoras y señores: en nuestro país la mayoría somos negros (y me incluyo, aunque mi piel diga lo contrario, porque lamentablemente no heredé la tez morena de mi bisabuelo indígena). Pero sucede que la minoría blanca fue siempre la preferida de nuestros gobernantes, que en eufemísticas “campañas al desierto” (un desierto paradójicamente más poblado que cualquier ciudad patagónica actual) asesinaron a los pobladores originarios y que invitaban a los anglosajones a poblar estas tierras, por creerlos más laboriosos que "los indios vagos”. La minoría blanca que pudo prosperar gracias a esa discriminación fundacional de nuestro país resumida en los términos "civilización o barbarie" es la que hoy sale a la calle a reclamar por penas más duras contra los "negros chorros" que se atreven a querer acceder, a como dé lugar, a los beneficios del dinero que las minorías supieron conseguir para sí. Y sí, las estadísticas confirmarán siempre que en un país donde la mayoría de los pobladores tienen tez morena, lo más probable es que la mayoría de los delitos sean cometidos por personas con esas características, ¡simplemente porque son más! Pero si hablamos de delitos y si vamos a ser tan puntillosos con el análisis estadístico, podríamos hacer otra estadística donde salga a la luz otra realidad innegable, y es que la mayoría de los delitos de evasión fiscal son cometidos por la minoría de tez "blanca". ¿Qué piensan de estos delitos los caceroleros?

Creo que mis apuntes se hicieron un poco extensos. Agradezco a los que hayan tenido la paciencia de leerme hasta acá. Todo este palabrerío no es más que un intento de reflexión acerca de temas que, me parece, se mencionan constantemente desde una peligrosa y tendenciosa superficialidad. Porque a muchos les conviene que nadie se ponga a pensar en todas estas cuestiones. A muchos les conviene que la gente tenga miedo y salga a pedir mano dura. Hay muchos que quisieran que vuelva Roca a hacer de las suyas. Lo sé, porque en mi ciudad convocaban a la manifestación del 8N repartiendo folletos con la cara de este nefasto personaje.


martes, 26 de junio de 2012

Lo que quisiste ser


Hace diez años, un día como hoy, me despedía de mis 19 con un nudo en la garganta tras haber leído, como todos los días, las noticias cada vez más tristes de mi país. Estaba en Konstanz, Alemania, hacía poco más de dos meses y leía por Internet las noticias que hablaban de cómo mi país se desangraba.
Hace diez años, un día como hoy, asesinaban con descaro, con saña, a Maxi Kosteky y Darío Santillán, que como dice la canción de Fandermole, habían salido a cortar el puente “con las razones de la fiebre y una tristeza absurda como el hambre”.
Hoy, diez años después, vuelvo a cumplir años lejos de mi país. Pero somos tan diferentes de entonces, mi país y yo.
Estoy de viaje otra vez, pero en circunstancias muy distintas. Aquella vez vine a trabajar y ahora vine de vacaciones. Aquella vez vine forzada por la situación económica, esta vez pude venir gracias a la situación económica. Aquella vez vine sin pasaje de vuelta, sin saber a ciencia cierta cuándo volvería, ahora tengo la fecha y hasta la hora exactas en que pisaré de nuevo mi suelo argentino. Aquella vez viajé con un walkman (mi valor más preciado), un puñado de casettes (entre ellos uno que en la letra de niño de Fede tenía escrito el título “Musiquita del sur” y que yo escuchaba hasta que me caían lágrimas, sobre todo cuando llegaba a la canción “Adagio a mi país”, de Zitarrosa) y una libretita donde anotaba mis impresiones. Ni cámara de fotos traía. Esta vez mi equipaje es mucho menos modesto: traje un mp3 con 4 gigas de canciones, un e-book con cientos de libros, una netbook, una cámara de fotos, un disco externo, un pendrive y un celular (que no tiene señal, pero me sirve de reloj y de calculadora). Traigo tantos bártulos tecnológicos en el equipaje de mano, que en el aeropuerto de Ezeiza me preguntaron si era periodista. Debo confesar que me impresiona un poco la lista de objetos que ahora siento imprescindibles y de los cuales hace diez años no tenía ni uno. Cualquiera diría que las diferencias se deben a la mejora de mi poder adquisitivo (en aquel entonces era estudiante, ahora ya soy eso que llaman “una profesional”) y que en todo caso me tendría que alegrar por haber “progresado”. Pero sinceramente me asusta y me angustia un poco sentir que dependo de estos objetos, que no son más que eso: objetos. Objetos que me tienen esclava, porque todo el tiempo estoy pendiente de no perderlos, de que no me los roben, de que tengan carga. Y me pregunto ¿son tan necesarios? ¿Soy mejor, más importante, más madura, más seria, por tenerlos? ¿No era antes más libre, más liviana, más sencilla?
Sí, es cierto que me “facilitan” la vida y que gracias a ellos estoy “conectada” con mis afectos. Pero ¿hasta dónde es real esa conexión? ¿Acaso son antídotos ultra-eficaces contra las soledades crónicas? Lo dudo. Y sin embargo sigo acumulando objetos. Y para adquirirlos, antes tuve que acumular dinero; y para eso tuve que trabajar muchas horas, horas que indefectiblemente suprimí de mi tiempo libre, del tiempo que podría utilizar para visitar amigos, tomar con ellos mates y decirles cara a cara que me gusta su nuevo corte de pelo o el comentario que acabo de escuchar de sus bocas.
Entonces no puedo evitar sentir nostalgia por aquella que era hace diez años, con tantas carencias materiales y sin embargo tan plena.
Mi deseo para este cumpleaños es aprender a prescindir de las cosas que me esclavizan, volver a las que realmente valen y, sobre todo, poder desandar el camino que me alejó de aquella que alguna vez quise ser.

domingo, 20 de mayo de 2012

Al final de este viaje

En ese 2001 descubrí un disco de Silvio Rodríguez que todavía no había escuchado: "Al final de este viaje". Lo grabé en un casete (o cassette o caset) y lo escuché muchas veces en mi walkman. Sí, en esa época todavía era bastante común. Y no pasó tanto tiempo, pero hoy pensamos en el casete con cierta nostalgia y nos reímos de esa foto que recorre las redes sociales donde se ve un casete y una lapicera Bic con una leyenda que reza "¿A que no saben qué relación tienen estos dos objetos?". La pregunta es obvia para los que, en pos de ahorrar las costosas pilas, rebobinábamos el casete con la lapicera, moviéndolo como si fuera una de esas maracas que reparten en los casamientos; pero no lo es tanto para los que nacieron en la era del discman y, mucho menos, para los que prácticamente no conocen otro formato que no sea el de mp3. No voy a caer en el clásico "todo tiempo pasado fue mejor" porque la verdad verdadera es que el mp3 me parece un invento genial y el dichoso aparatito me acompaña a todos lados con 4 Gigas de canciones de lo más variadas.
Pero en aquella época, sin mp3 ni mucha variación en mi repertorio, escuchaba ese casete de Silvio en el camino a la facultad, en el colectivo a La Cumbre, donde visitaba a mis abuelos y aprovechaba para lavar ropa y comer rico; y también durante algunas esperas para las entrevistas de trabajo. Éramos muchos buscando trabajo. Yo nunca había estado en una entrevista de trabajo, aunque algo de experiencia tenía: había trabajado en una fábrica de manufacturación de fibras vegetales en Alemania, hacía más o menos un año, cuando fui por primera vez con mi amiga Claudia, aunque aquella vez conseguimos el trabajo gracias a la gestión de la abuela de Clau.
Sí, no hacía  mucho tiempo había estado en Alemania y había trabajado dos meses en esa fábrica, donde mis amables compañeras de trabajo me tomaron cariño y se dedicaron a enseñarme las primeras palabras que aprendí en alemán: Tür (puerta), Fenster (ventana), Kaffeepause :-). Yo, por mi parte, les enseñé que Argentina es un bonito país que queda en la parte del mundo donde es invierno mientras en Alemania es verano. No conocían mi país ninguna de esas dos mujeres que trabajan empaquetando muestras de los productos de la fábrica para promocionarlos en el resto del mundo. Ni la señora de casi 60 años que había nacido y crecido en la Alemania occidental capitalista, ni la cincuentona que había nacido y crecido en la  Alemania oriental socialista, de donde había se había ido, como muchos otros, ni bien cayó el muro. A mí me pareció sorprendente que ninguna de las dos conociera la Argentina. Descubrir eso me enseñó dos cosas: que no éramos tan importantes como yo creía y que ellos tampoco deberían ser tan importantes para nosotros: ¿por qué nos machacaban tanto con la historia europea en el secundario y no, por ejemplo, con la propia, la del país, la de los países vecinos y por extensión la de los países del mismo hemisferio, como los de África? Yo no sabía (y sigo sin saber) nada de los países de África, pero sabía mucho sobre la Revolución Francesa, las Guerras Mundiales y la Guerra Fría. 
Había estado en Alemania, trabajando y viajando. Hablaba algo de alemán y algo de inglés. Con mi secundario completo, sabía mucho sobre la Revolución Francesa y las Guerras Mundiales, pero en mi querida Argentina del 2001 eso no sumaba puntos para conseguir un trabajo, donde abogadas recién recibidas se postulaban al mismo puesto de secretaria que yo. 
Por eso, en abril del año siguiente, volvía a Alemania para trabajar allá, aunque ya no en la fábrica donde me malcriaban y ya no para juntar plata para seguir viajando. ¿O sí? ¿O acaso la vida entera no es un viaje?

¿Y qué hay al final de este viaje? (Hacer click para escuchar)



sábado, 5 de mayo de 2012

El lugar donde yo quería estar era este.


Quizás porque ya había estado allá una vez, no hacía mucho tiempo, y había comprobado con alegría que a pesar de lo prolijo, lo seguro, lo organizado, lo "desarrollado y primermundista" que podía ser todo del otro lado del charco, yo extrañaba mi lado del charco. Aquella vez, en el año 2000, había viajado desde Ushuaia, impulsada por la idea romántica de estudiar francés y bellas artes en... Francia (¿dónde más?). Soñaba con lo que ese país y su cultura podrían ofrecerme. Todo fue diferente a lo imaginado en ese primer viaje (que en algún momento tendrá su propio capítulo en este blog), no aprendí francés ni estudié bellas artes, pero aprendí a querer un poco más mi lado del charco.Y mis charcos. Extrañaba la imperfección, las calles con barro y los pozos típicos del deshielo de septiembre en la ciudad más austral. La sensación que tuve estando allá fue la de "acá ya está todo hecho", mientras en mi país había tanto, tantísimo por hacer. Volví con ganas de hacer.

No pude hacer demasiado, esa crisis era como una mano gigante que con el dedo índice decía constantemente "no se puede". No pude hacer demasiado, pero lo que hice me alcanzó de sobra para saber que quería volver a seguir haciendo. Lo más importante que hice fueron los amigos. Esos amigos que, por las circunstancias en que se los conoce, son para siempre.

En el séptimo piso de la Ambrosio Olmos al 900 se armó una especie de comunidad-comando-anti crisis. Compartíamos la comida, el sol que entraba por la ventana de nuestro lado en el invierno y el fresco que se podía disfrutar del lado del departamento del frente en verano (no había, claro está, ni calefactor ni aire acondicionado). No me olvido más la primera vez que Fede, recién mudado, tocó la puerta y con las manos con gesto de sostener una taza me preguntó: "¿Me prestás gas?" El santafesino no daba más sin su mate. Ese fue el primero de muchos, muchos mates que pasarían de mano en mano, manchando apuntes de kinesiología, ciencias de la comunicación, economía, ingeniería o historia del arte.

Hasta la mala suerte compartíamos. Un día llegó Agostina de cursar y entre asustada y divertida nos contó que la habían asaltado en Ciudad Universitaria. O mejor dicho, la habían "intentado" asaltar, pero como realmente no tenía ni una moneda, el asaltante (que la había amenazado con una especie de trincheta o "cuchillito"), la dejó ir sin más. "Me dio pena el tipo", nos dijo Agos, "pero yo no tenía más que mis aros hippies, ¡que no valen nada!". Al ratito llegó Sergio, también venía de Ciudad Universitaria y lo primero que nos contó fue que lo habían querido asaltar. "Un flaquito, con una navaja miserable, pobre tipo, ¡yo no tenía nada para darle!" Nos reímos por la coincidencia y nos lamentamos un poco por el pobre ladrón, que había elegido a los estudiantes como blanco, cuando en esa época los estudiantes poco y nada tenían encima como para generarle un botín interesante.

Ser estudiante en esa época era eso: juntar las monedas para los apuntes y, si sobraban, compartir una cerveza de $1,50 en la vereda. Y si todavía seguían sobrando (porque era principio de mes), podíamos darnos el lujo de comprar una muzzarella de 3 pesos en lo del turco.

Definitivamente, lo mejor que hice en ese 2001 fueron los amigos.


lunes, 30 de abril de 2012

Aquel 2001

No pude hacer un resumen, así que me voy a explayar un poquito más sobre ese año 2001 y los principios del 2002. También porque me parece interesante hacer algunas comparaciones con la actualidad (personal, nacional e internacional).

Hace diez años estaba por cumplir mi segunda década de vida. El país todavía no cumplía su segunda década desde el regreso a la democracia, después de siete años de dictadura. En ese 2001 había pocas esperanzas, en general, y pensar que los crímenes de la dictadura podrían ser juzgados alguna vez, era casi una utopía. Una utopía que, sin embargo, muchos sostuvieron durante todos esos años y siguieron sosteniendo, de manera inclaudicable, hasta que se cumplió. Hoy, diez años más tarde, muchos de los culpables fueron condenados por crímenes de lesa humanidad y aunque todavía falta mucho por hacer, por fin se puede pensar que en este país hay memoria y hay justicia.

Pienso en todo esto mientras miro las noticias y veo a los españoles manifestándose contra los ajustes y recuerdo la condena reciente contra el Juez Garzón, que había intentado juzgar los crímenes del franquismo, y pienso en todos los argentinos que hace diez años se despedían de sus familias en Ezeiza. La mayoría iba a España. ¿Habrán vuelto desde entonces? ¿O estarán allí todavía, pensando en que cada diez años les toca un sacudón, estén donde estén, como si ese fuera un destino del que no pueden escapar?
Yo, cuando me fui, sabía que volvía. Quería volver (a pesar de mi pasaje de ida solamente). En ningún momento se me cruzó por la cabeza quedarme allá. Acá estaba lo que yo quería. Un poco precario, bastante desprolijo, injusto muchas veces, acaso inseguro, el lugar donde yo quería estar era este.

domingo, 29 de abril de 2012



Empecé un blog. 
Esta vez va en serio. 
Aunque ya no esté de moda, porque facebook acapara toda la atención, voy a saldar esta cuenta pendiente conmigo misma.
¿Para qué un blog? No sé muy bien todavía, pero creo que es para que no se me escapen, como tantas otras veces, algunos pensamientos, algunas imágenes, algún recuerdo. 

Los pensamientos que ocupan últimamente mi cabeza tienen que ver con un viaje que hice hace diez años y que voy a repetir, en circunstancias muy diferentes, dentro de muy poco.
La idea es plasmar en estas páginas (¿se dice "página" o "pantalla" cuando se publica por este medio?, no estoy segura) algunos recuerdos de aquel viaje y lo que vaya viviendo, reviviendo, revolviendo en este.
Para no seguir haciéndome la misteriosa, trataré de resumir en pocas palabras el contexto de aquel viaje y el contexto de este. Ahí va...

Diciembre de 2001
La historia conocida: desempleo, crisis, cacerolazos, represión, presidentes que huyen en helicóptero, presidentes por un día, o dos, indignación, desesperanza, "que se vayan todos".
Y yo intentando conseguir un trabajo en Córdoba, donde vivía desde marzo, donde había empezado a estudiar Bellas Artes, donde me había separado de mi novio del secundario, donde había conocido a Fede, con quien me puse de novia, donde alquilaba con Agos un departamento por 250 pesos (dólares) mensuales, donde con 16 pesos (dólares) mensuales comprábamos en el Minisol tres o cuatro bolsas de mercadería (de la más barata, por supuesto), donde más de una vez juntamos las últimas moneditas para comprar un paquete de galletas que salía 50 ó 60 centavos (pero nunca pasamos hambre, mamá, así que no llores en esta parte, ¿si?), donde había empezado para mí un capítulo de mi historia que de alguna manera siento que estoy cerrando recién ahora.
Mi hermano Máximo vivía hace un par de años en Inglaterra y mi hermano Alejando estudiaba en Alemania, donde vivía con su mujer y su hijo de 3 años, Julio. Ellos me invitaron a ir a Europa a trabajar. Viviendo con Ale o Máximo no tendría que pagar alquiler y podría ahorrar para retomar mis estudios al año siguiente -ya no de Bellas Artes, sino de Lengua y Literatura Castellana-.
Junté coraje, junté algunas cosas imprescindibles como la música (todavía en casetes), algún libro, alguna foto, junté muchos besos de Fede para que me alcanzaran por el tiempo indefinido en que me iba (tenía pasaje de ida solamente), metí todo eso en mi mochila de 70 litros y partí un 14 de abril desde la terminal de Córdoba, sentada en el primer asiento de un colectivo semicama. Desde la ventana panorámica veía alejarse las figuras de Fede, Agostina y Sergio, que me fueron a despedir y se quedaron parados en la plataforma mientras el colectivo retrocedía. Después, por arte de magia de amigos magos, aparecieron en el boulevard del otro lado de la terminal, agitando los brazos para que los viera.
No tengo recuerdos demasiado nítidos de cómo llegué a Ezeiza, supongo que en algún colectivo. No recuerdo si fui con alguien o no, creo que no, porque no recuerdo haberme despedido de nadie en el aeropuerto. Sí recuerdo a las familias enteras que despedían a sus padres, hijos, hermanos que, como yo, se iban del país en busca de trabajo. La última sala antes del preembarque parecía un velatorio. La tristeza que se respiraba ahí era insoportable. Tampoco recuerdo mucho del vuelo. Llegué al aeropuerto de Zurich donde tomé un tren que me llevaría a Konstanz, la ciudad al sur de Alemania donde vivía mi hermano Ale.

Post data: No pude hacer un resumen, así que lo seguiré en la próxima.