domingo, 20 de mayo de 2012

Al final de este viaje

En ese 2001 descubrí un disco de Silvio Rodríguez que todavía no había escuchado: "Al final de este viaje". Lo grabé en un casete (o cassette o caset) y lo escuché muchas veces en mi walkman. Sí, en esa época todavía era bastante común. Y no pasó tanto tiempo, pero hoy pensamos en el casete con cierta nostalgia y nos reímos de esa foto que recorre las redes sociales donde se ve un casete y una lapicera Bic con una leyenda que reza "¿A que no saben qué relación tienen estos dos objetos?". La pregunta es obvia para los que, en pos de ahorrar las costosas pilas, rebobinábamos el casete con la lapicera, moviéndolo como si fuera una de esas maracas que reparten en los casamientos; pero no lo es tanto para los que nacieron en la era del discman y, mucho menos, para los que prácticamente no conocen otro formato que no sea el de mp3. No voy a caer en el clásico "todo tiempo pasado fue mejor" porque la verdad verdadera es que el mp3 me parece un invento genial y el dichoso aparatito me acompaña a todos lados con 4 Gigas de canciones de lo más variadas.
Pero en aquella época, sin mp3 ni mucha variación en mi repertorio, escuchaba ese casete de Silvio en el camino a la facultad, en el colectivo a La Cumbre, donde visitaba a mis abuelos y aprovechaba para lavar ropa y comer rico; y también durante algunas esperas para las entrevistas de trabajo. Éramos muchos buscando trabajo. Yo nunca había estado en una entrevista de trabajo, aunque algo de experiencia tenía: había trabajado en una fábrica de manufacturación de fibras vegetales en Alemania, hacía más o menos un año, cuando fui por primera vez con mi amiga Claudia, aunque aquella vez conseguimos el trabajo gracias a la gestión de la abuela de Clau.
Sí, no hacía  mucho tiempo había estado en Alemania y había trabajado dos meses en esa fábrica, donde mis amables compañeras de trabajo me tomaron cariño y se dedicaron a enseñarme las primeras palabras que aprendí en alemán: Tür (puerta), Fenster (ventana), Kaffeepause :-). Yo, por mi parte, les enseñé que Argentina es un bonito país que queda en la parte del mundo donde es invierno mientras en Alemania es verano. No conocían mi país ninguna de esas dos mujeres que trabajan empaquetando muestras de los productos de la fábrica para promocionarlos en el resto del mundo. Ni la señora de casi 60 años que había nacido y crecido en la Alemania occidental capitalista, ni la cincuentona que había nacido y crecido en la  Alemania oriental socialista, de donde había se había ido, como muchos otros, ni bien cayó el muro. A mí me pareció sorprendente que ninguna de las dos conociera la Argentina. Descubrir eso me enseñó dos cosas: que no éramos tan importantes como yo creía y que ellos tampoco deberían ser tan importantes para nosotros: ¿por qué nos machacaban tanto con la historia europea en el secundario y no, por ejemplo, con la propia, la del país, la de los países vecinos y por extensión la de los países del mismo hemisferio, como los de África? Yo no sabía (y sigo sin saber) nada de los países de África, pero sabía mucho sobre la Revolución Francesa, las Guerras Mundiales y la Guerra Fría. 
Había estado en Alemania, trabajando y viajando. Hablaba algo de alemán y algo de inglés. Con mi secundario completo, sabía mucho sobre la Revolución Francesa y las Guerras Mundiales, pero en mi querida Argentina del 2001 eso no sumaba puntos para conseguir un trabajo, donde abogadas recién recibidas se postulaban al mismo puesto de secretaria que yo. 
Por eso, en abril del año siguiente, volvía a Alemania para trabajar allá, aunque ya no en la fábrica donde me malcriaban y ya no para juntar plata para seguir viajando. ¿O sí? ¿O acaso la vida entera no es un viaje?

¿Y qué hay al final de este viaje? (Hacer click para escuchar)



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