sábado, 5 de mayo de 2012
El lugar donde yo quería estar era este.
Quizás porque ya había estado allá una vez, no hacía mucho tiempo, y había comprobado con alegría que a pesar de lo prolijo, lo seguro, lo organizado, lo "desarrollado y primermundista" que podía ser todo del otro lado del charco, yo extrañaba mi lado del charco. Aquella vez, en el año 2000, había viajado desde Ushuaia, impulsada por la idea romántica de estudiar francés y bellas artes en... Francia (¿dónde más?). Soñaba con lo que ese país y su cultura podrían ofrecerme. Todo fue diferente a lo imaginado en ese primer viaje (que en algún momento tendrá su propio capítulo en este blog), no aprendí francés ni estudié bellas artes, pero aprendí a querer un poco más mi lado del charco.Y mis charcos. Extrañaba la imperfección, las calles con barro y los pozos típicos del deshielo de septiembre en la ciudad más austral. La sensación que tuve estando allá fue la de "acá ya está todo hecho", mientras en mi país había tanto, tantísimo por hacer. Volví con ganas de hacer.
No pude hacer demasiado, esa crisis era como una mano gigante que con el dedo índice decía constantemente "no se puede". No pude hacer demasiado, pero lo que hice me alcanzó de sobra para saber que quería volver a seguir haciendo. Lo más importante que hice fueron los amigos. Esos amigos que, por las circunstancias en que se los conoce, son para siempre.
En el séptimo piso de la Ambrosio Olmos al 900 se armó una especie de comunidad-comando-anti crisis. Compartíamos la comida, el sol que entraba por la ventana de nuestro lado en el invierno y el fresco que se podía disfrutar del lado del departamento del frente en verano (no había, claro está, ni calefactor ni aire acondicionado). No me olvido más la primera vez que Fede, recién mudado, tocó la puerta y con las manos con gesto de sostener una taza me preguntó: "¿Me prestás gas?" El santafesino no daba más sin su mate. Ese fue el primero de muchos, muchos mates que pasarían de mano en mano, manchando apuntes de kinesiología, ciencias de la comunicación, economía, ingeniería o historia del arte.
Hasta la mala suerte compartíamos. Un día llegó Agostina de cursar y entre asustada y divertida nos contó que la habían asaltado en Ciudad Universitaria. O mejor dicho, la habían "intentado" asaltar, pero como realmente no tenía ni una moneda, el asaltante (que la había amenazado con una especie de trincheta o "cuchillito"), la dejó ir sin más. "Me dio pena el tipo", nos dijo Agos, "pero yo no tenía más que mis aros hippies, ¡que no valen nada!". Al ratito llegó Sergio, también venía de Ciudad Universitaria y lo primero que nos contó fue que lo habían querido asaltar. "Un flaquito, con una navaja miserable, pobre tipo, ¡yo no tenía nada para darle!" Nos reímos por la coincidencia y nos lamentamos un poco por el pobre ladrón, que había elegido a los estudiantes como blanco, cuando en esa época los estudiantes poco y nada tenían encima como para generarle un botín interesante.
Ser estudiante en esa época era eso: juntar las monedas para los apuntes y, si sobraban, compartir una cerveza de $1,50 en la vereda. Y si todavía seguían sobrando (porque era principio de mes), podíamos darnos el lujo de comprar una muzzarella de 3 pesos en lo del turco.
Definitivamente, lo mejor que hice en ese 2001 fueron los amigos.
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