Lo más hermoso de una mujer, o mejor dicho de cualquier persona, son
los ojos. No el "contorno de los ojos", tan mentado por las cremas anti
age, sino la mirada de los ojos, la luz de la mirada, lo que la persona
dice con la mirada.
Hace un tiempo que el Parkinson se apoderó
de mi abuela. Primero fue el temblor y ella hacía chistes: "Puedo
desparramar mejor el queso rayado". Pero después el
temblor se convirtió en rigidez y el cuerpo se fue convirtiendo en
cárcel. Justo ella, tan inquieta, tan buscadora de respuestas, presa de
ese cuerpito que se fue achicando y se fue poniendo cada vez más duro. Y
justo ella, tan inquieta, tan buscadora de respuestas, supo hacerle
frente al encierro y siguió moviéndose: con la mirada. Hasta que el
Parkinson se apoderó de su ojos y los músculos de los párpados ya no
respondían a sus ganas de mirar.
Nos dijeron que el botox podía
ayudar. ¿El botox? ¿Ese que usan las modelos para no envejecer? ¿El de
las actrices, el de Susana y Mirta? Mi abuela, que jamás necesitó
maquillaje de ningún tipo porque siempre fue naturalmente bella,
necesitaba botox. Si el botox podía devolverle la mirada, entonces
cumpliría su función, porque lo único que necesitaba mi abuela para ser
la mujer más hermosa de la tierra era poder abrir los ojos.
"Vas a tener menos arrugas que yo, abuela", le decía mientras la llevaba
al hospital. "Vas a quedar mejor que Mirta y Susana", le decía,
sabiendo que a mi abuela eso no le importaba mucho. Nada que tuviera que
ver con la belleza superficial le importaba. Porque a ella siempre le
importaron las cosas que no tienen respuesta y las otras, las simples,
las de todos los días, como recibir a los nietos con un rico tiramisú,
desprolijo, porque nunca fue muy amiga de las manualidades mi abuela, la
filósofa. La filosa filósofa que nunca dejó de preguntar y preguntarse.
Dicen que el botox borra arrugas, líneas de expresión y le devuelve al
rostro la piel tersa de la juventud. Y aunque no creo en nada de eso,
debo admitir que con mi abuela el botox cumplió su función, porque le
permitió volver a mostrarnos lo más hermoso que tiene y lo que más joven
conserva: su mirada, desde donde se brinda, se nos brinda, con ese
hilito de vida luminosa que todavía le queda.
Volando
miércoles, 4 de septiembre de 2013
jueves, 15 de noviembre de 2012
Apuntes sobre ¿inseguridad?
Hace poco más de un mes me robaron en plena calle. Me
arrebataron la cartera y con ella mi celular, mis llaves, mi billetera con
documentos, tarjetas y la foto carnet que me gustaba tanto. Lo que más lamenté
fue la cartera. Una linda cartera artesanal, de cuero firme, que poco deben
haber valorado los ladrones.
Aunque en realidad, lo que más lamenté fue tener que hacer
la denuncia (trámite obligatorio para recuperar documentos y tarjetas),
sabiendo que esa denuncia engrosaría las estadísticas con las que los políticos
de turno fundamentan sus "políticas de seguridad". Porque ante la
pregunta del funcionario policial (que se encargó de hacerme saber que “no era
policía”, sino estudiante de abogacía) acerca del aspecto de los ladrones,
tenía ganas de responder: ambos rubios, de ojos celestes y tez clara, vestían
chombas de piqué, zapatos náuticos y pantalones de lino color crudo. Sí, tenía
ganas de responder eso, para no tener que decir que eran de tez morena, ojos
oscuros, pelo corto y pantalones anchos. Porque sabía que mi descripción les
daba letra a los que después se quejan de “los negros chorros” y exigen contra
ellos "mano dura". Sabía, insisto, que mi denuncia pasaría a engrosar
esa estadística nefasta que los medios monopólicos repiten hasta el hartazgo.
No fue lindo que me robaran y todavía me asusta un poco
andar sola de noche por calles poco transitadas. Pero no escribo este artículo
para hablar de eso, sino para reflexionar sobre ese tema tan en boca de tantos,
que es “la inseguridad".
En la marcha del 8 de noviembre pasado (a la que no fui por
muchas razones que ya describí en otra oportunidad), entre las poco disimuladas
muestras de rencor y odio de clase, las consignas golpistas de los secuaces de
Pando, los incoherentes pedidos de "que se vayan todos" para que
venga "noséquién", había muchos que pedían por mayor seguridad. Es
decir: que disminuyera la inseguridad. Y muchos habían sido víctimas de esa
inseguridad que el gobierno nacional no está sabiendo resolver, según las
opiniones de los que se animaron a hablar ante los pocos micrófonos que se les
brindaron. Muchos pedían "mano dura". Con otras palabras, con
eufemismos de todo tipo, lo que pedían eran más policías, con mayores
libertades para reprimir el crimen, de la forma que fuera necesaria. Pedían eso
sin reparar en nada, sin reflexionar mínimamente en los porqués de esta tan publicitada inseguridad.
Y acá quiero hacer un paréntesis para explicar por qué hablo
de “publicitada” inseguridad. Una de las citas más repetidas por los
“tele-manifestantes" (acabo de bautizar así a los que en una manifestación
repiten en sus “consignas” lo que escuchan en la televisión) fue la tan criticada
frase "sensación de inseguridad”. La gente estaba indignada porque según
ellos el gobierno no reconoce que hay inseguridad y, por el contrario, habla de
una “sensación de inseguridad”. ¿Por qué el gobierno habla de sensación de
inseguridad, si todos los días vemos en la tele que hay robos, asaltos a mano
armada, atracos de todo tipo, cada vez más y más violentos? ¿No ve televisión
el gobierno nacional, que está tan mal informado? ¿O será que en la tele están
siendo un poquito exagerados con esto de la inseguridad, para generar un clima
negativo y de miedo en la sociedad? Me pregunto, por preguntona nomás.
Entonces, como soy curiosa, me puse a investigar. Con ayuda de Google pude
encontrar varias estadísticas, de diferentes consultoras, de diferentes países.
Encontré una que es citada por varias páginas: una estadística realizada por el
Consejo
Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, que se define como
una "red apartidista, laica e independiente" surgida de la sociedad
civil mexicana. En esa estadística, que
pueden ver haciendo click aquí, están enlistadas las 50 ciudades más
peligrosas del mundo. Y ¡oh sorpresa!, en toda la lista no figura ni una ciudad
argentina. Sí figuran, en cambio, varias ciudades mexicanas, brasileras,
colombianas, venezolanas y hasta estadounidenses (cuatro). También hay ciudades
sudafricanas (como Johannesburgo, que es la última en el ranking), pero ni una
ciudad argentina. Creo que con esto alcanza para dejar en claro a qué me
refiero con esto de la "publicitada inseguridad".
No quiero negar la inseguridad. Empecé esta nota contando
que me robaron. Podría agregar que hace unos tres meses me habían robado la
bicicleta y que conozco a mucha gente a la cual le robaron más de una vez. La
inseguridad existe. Es algo con lo que tenemos que lidiar cotidianamente. No la
niego, pero la quiero relativizar y, sobre todo, poner en discusión.
Quisiera discutir con algunos de los tele-manifestantes
acerca de este tema. Quisiera preguntarles si se pusieron a pensar un minuto en
algunas cosas que resumiré en forma de preguntas:
- ¿Se preguntaron alguna vez de dónde viene la inseguridad?
¿Están seguros de que la ecuación “más policías = menos inseguridad” es
correcta?
- Y cuando hablan de los "negros chorros", ¿se
pusieron a pensar alguna vez en lo que eso significa, en el enorme acto
discriminatorio que esas palabras materializan?
Me gustaría intentar responder estas preguntas. Y aclaro que
las respuestas salen de lo que yo llamo "mi sentido común", es decir
que no tengo libros leídos sobre el tema, ni he realizado ningún estudio al
respecto y todo lo que sé lo sé por experiencia personal, por escuchar a otros
o, simplemente, porque trato de no dejarme llevar por "lo que dice la
gente en la calle", sino de ir un poquito más allá, detrás de las razones.
No hay que ser muy instruido para darse cuenta de que la
inseguridad es el resultado de una ecuación un poco más compleja que la de
“menos policías = más inseguridad”. La ecuación de la que resulta la
inseguridad es la de un sistema donde reina la desigualdad, es decir "más desigualdad = más inseguridad".
Pero además vivimos en un sistema que no sólo propicia y exacerba hasta el
límite una desigualdad estructural y criminal (sí, la desigualdad es criminal,
no el pibe que roba), sino que propicia hábitos de consumo enfermizos y
peligrosísimos. En este sistema algunas personas gozan de los beneficios de
pertenecer a una determinada clase social privilegiada, poseen educación, lo
cual les abre las puertas al mercado laboral, con lo cual pueden ganar dinero
y, por ende, comprar sin mayores problemas todo lo que se les antoja. Y mucho
de lo que se les –“se nos” – antoja, es aquello que vemos diariamente en las
publicidades. El sistema discrimina. Pero el mercado no discrimina. A todos
lleva su mensaje de "compra y serás feliz". En este sistema, el
mercado tiene libertad absoluta para hacer creer a todos, hasta al más pobre de
los pobres, que adquiriendo tal o cual producto puede ser feliz... aunque sea
por un ratito. Ahora bien el que pertenece a esa clase privilegiada,
"incluida", puede comprar sin problemas. ¿Y los que no? ¿Y los
excluidos? ¿Ellos, cómo adquieren esos productos prometedores de felicidad
inmediata? Señor cacerolero, señora cacerolera, ¿se pusieron a pensar en esto
cuando reclamaban mayor “seguridad”?
Y con respecto a lo de "negros chorros" también
quisiera hacer algunas reflexiones. En nuestro país, que siempre se creyó
"el más europeo de Latinoamérica", hay una población descendiente de
los pueblos originarios que supera ampliamente a la población “blanca”. A pesar
de que durante un siglos nos hicieron creer que "los indios" eran
parte del pasado, lo cierto es que los descendientes de esos mal llamados
"indios" están más vivos que nunca entre nosotros, reivindicando su
origen, peleando por sus tierras y reconociéndose miembros de esas comunidades
ancestrales que el hombre blanco, con su sangrienta "civilización" no
pudo eliminar del mapa para siempre, ¡por suerte!. ¿A qué voy con todo esto? En
pocas palabras quiero decir que los “blancos” son minoría en este país. Y el
que no lo crea así, le pido por favor que salga y sé de una vueltita por las
provincias del norte, por la Patagonia mapuche, el Litoral y también por los
suburbios de cualquier ciudad capitalina. No, no me voy del tema. Lo que quiero
es relativizar esta idea, tan generalizada, de que todos los ladrones son “negros”
(o morochos o como quieran llamarlos). Señoras y señores: en nuestro país la
mayoría somos negros (y me incluyo, aunque mi piel diga lo contrario, porque
lamentablemente no heredé la tez morena de mi bisabuelo indígena). Pero sucede
que la minoría blanca fue siempre la preferida de nuestros gobernantes, que en
eufemísticas “campañas al desierto” (un desierto paradójicamente más poblado
que cualquier ciudad patagónica actual) asesinaron a los pobladores originarios
y que invitaban a los anglosajones a poblar estas tierras, por creerlos más laboriosos
que "los indios vagos”. La minoría blanca que pudo prosperar gracias a esa
discriminación fundacional de nuestro país resumida en los términos
"civilización o barbarie" es la que hoy sale a la calle a reclamar
por penas más duras contra los "negros chorros" que se atreven a
querer acceder, a como dé lugar, a los beneficios del dinero que las minorías
supieron conseguir para sí. Y sí, las estadísticas confirmarán siempre que en
un país donde la mayoría de los pobladores tienen tez morena, lo más probable
es que la mayoría de los delitos sean cometidos por personas con esas
características, ¡simplemente porque son más! Pero si hablamos de delitos y si
vamos a ser tan puntillosos con el análisis estadístico, podríamos hacer otra
estadística donde salga a la luz otra realidad innegable, y es que la mayoría
de los delitos de evasión fiscal son cometidos por la minoría de tez
"blanca". ¿Qué piensan de estos delitos los caceroleros?
Creo que mis apuntes se hicieron un poco extensos. Agradezco
a los que hayan tenido la paciencia de leerme hasta acá. Todo este palabrerío
no es más que un intento de reflexión acerca de temas que, me parece, se
mencionan constantemente desde una peligrosa y tendenciosa superficialidad.
Porque a muchos les conviene que nadie se ponga a pensar en todas estas
cuestiones. A muchos les conviene que la gente tenga miedo y salga a pedir mano
dura. Hay muchos que quisieran que vuelva Roca a hacer de las suyas. Lo sé,
porque en mi ciudad convocaban a la manifestación del 8N repartiendo folletos
con la cara de este nefasto personaje.
martes, 26 de junio de 2012
Lo que quisiste ser
Hace diez
años, un día como hoy, me despedía de mis 19 con un nudo en la garganta tras
haber leído, como todos los días, las noticias cada vez más tristes de mi país.
Estaba en Konstanz, Alemania, hacía poco más de dos meses y leía por Internet las
noticias que hablaban de cómo mi país se desangraba.
Hace diez
años, un día como hoy, asesinaban con descaro, con saña, a Maxi Kosteky y Darío
Santillán, que como dice la canción de Fandermole, habían salido a cortar el
puente “con las razones de la fiebre y una tristeza absurda como el hambre”.
Hoy, diez
años después, vuelvo a cumplir años lejos de mi país. Pero somos tan diferentes
de entonces, mi país y yo.
Estoy de
viaje otra vez, pero en circunstancias muy distintas. Aquella vez vine a
trabajar y ahora vine de vacaciones. Aquella vez vine forzada por la situación
económica, esta vez pude venir gracias a la situación económica. Aquella vez
vine sin pasaje de vuelta, sin saber a ciencia cierta cuándo volvería, ahora
tengo la fecha y hasta la hora exactas en que pisaré de nuevo mi suelo
argentino. Aquella vez viajé con un walkman (mi valor más preciado), un puñado
de casettes (entre ellos uno que en la letra de niño de Fede tenía escrito el título
“Musiquita del sur” y que yo escuchaba hasta que me caían lágrimas, sobre todo
cuando llegaba a la canción “Adagio a mi país”, de Zitarrosa) y una libretita
donde anotaba mis impresiones. Ni cámara de fotos traía. Esta vez mi equipaje
es mucho menos modesto: traje un mp3 con 4 gigas de canciones, un e-book con
cientos de libros, una netbook, una cámara de fotos, un disco externo, un pendrive
y un celular (que no tiene señal, pero me sirve de reloj y de calculadora). Traigo
tantos bártulos tecnológicos en el equipaje de mano, que en el aeropuerto de
Ezeiza me preguntaron si era periodista. Debo confesar que me impresiona un
poco la lista de objetos que ahora siento imprescindibles y de los cuales hace
diez años no tenía ni uno. Cualquiera diría que las diferencias se deben a la
mejora de mi poder adquisitivo (en aquel entonces era estudiante, ahora ya soy
eso que llaman “una profesional”) y que en todo caso me tendría que alegrar por
haber “progresado”. Pero sinceramente me asusta y me angustia un poco sentir
que dependo de estos objetos, que no son más que eso: objetos. Objetos que me
tienen esclava, porque todo el tiempo estoy pendiente de no perderlos, de que
no me los roben, de que tengan carga. Y me pregunto ¿son tan necesarios? ¿Soy
mejor, más importante, más madura, más seria, por tenerlos? ¿No era antes más
libre, más liviana, más sencilla?
Sí, es
cierto que me “facilitan” la vida y que gracias a ellos estoy “conectada” con
mis afectos. Pero ¿hasta dónde es real esa conexión? ¿Acaso son antídotos
ultra-eficaces contra las soledades crónicas? Lo dudo. Y sin embargo sigo
acumulando objetos. Y para adquirirlos, antes tuve que acumular dinero; y para eso
tuve que trabajar muchas horas, horas que indefectiblemente suprimí de mi
tiempo libre, del tiempo que podría utilizar para visitar amigos, tomar con
ellos mates y decirles cara a cara que me
gusta su nuevo corte de pelo o el comentario que acabo de escuchar de sus
bocas.
Entonces no
puedo evitar sentir nostalgia por aquella que era hace diez años, con tantas
carencias materiales y sin embargo tan plena.
Mi deseo
para este cumpleaños es aprender a prescindir de las cosas que me esclavizan,
volver a las que realmente valen y, sobre todo, poder desandar el camino que me
alejó de aquella que alguna vez quise ser.
domingo, 20 de mayo de 2012
Al final de este viaje
En ese 2001 descubrí un disco de Silvio Rodríguez que todavía no había escuchado: "Al final de este viaje". Lo grabé en un casete (o cassette o caset) y lo escuché muchas veces en mi walkman. Sí, en esa época todavía era bastante común. Y no pasó tanto tiempo, pero hoy pensamos en el casete con cierta nostalgia y nos reímos de esa foto que recorre las redes sociales donde se ve un casete y una lapicera Bic con una leyenda que reza "¿A que no saben qué relación tienen estos dos objetos?". La pregunta es obvia para los que, en pos de ahorrar las costosas pilas, rebobinábamos el casete con la lapicera, moviéndolo como si fuera una de esas maracas que reparten en los casamientos; pero no lo es tanto para los que nacieron en la era del discman y, mucho menos, para los que prácticamente no conocen otro formato que no sea el de mp3. No voy a caer en el clásico "todo tiempo pasado fue mejor" porque la verdad verdadera es que el mp3 me parece un invento genial y el dichoso aparatito me acompaña a todos lados con 4 Gigas de canciones de lo más variadas.
Pero en aquella época, sin mp3 ni mucha variación en mi repertorio, escuchaba ese casete de Silvio en el camino a la facultad, en el colectivo a La Cumbre, donde visitaba a mis abuelos y aprovechaba para lavar ropa y comer rico; y también durante algunas esperas para las entrevistas de trabajo. Éramos muchos buscando trabajo. Yo nunca había estado en una entrevista de trabajo, aunque algo de experiencia tenía: había trabajado en una fábrica de manufacturación de fibras vegetales en Alemania, hacía más o menos un año, cuando fui por primera vez con mi amiga Claudia, aunque aquella vez conseguimos el trabajo gracias a la gestión de la abuela de Clau.
Sí, no hacía mucho tiempo había estado en Alemania y había trabajado dos meses en esa fábrica, donde mis amables compañeras de trabajo me tomaron cariño y se dedicaron a enseñarme las primeras palabras que aprendí en alemán: Tür (puerta), Fenster (ventana), Kaffeepause :-). Yo, por mi parte, les enseñé que Argentina es un bonito país que queda en la parte del mundo donde es invierno mientras en Alemania es verano. No conocían mi país ninguna de esas dos mujeres que trabajan empaquetando muestras de los productos de la fábrica para promocionarlos en el resto del mundo. Ni la señora de casi 60 años que había nacido y crecido en la Alemania occidental capitalista, ni la cincuentona que había nacido y crecido en la Alemania oriental socialista, de donde había se había ido, como muchos otros, ni bien cayó el muro. A mí me pareció sorprendente que ninguna de las dos conociera la Argentina. Descubrir eso me enseñó dos cosas: que no éramos tan importantes como yo creía y que ellos tampoco deberían ser tan importantes para nosotros: ¿por qué nos machacaban tanto con la historia europea en el secundario y no, por ejemplo, con la propia, la del país, la de los países vecinos y por extensión la de los países del mismo hemisferio, como los de África? Yo no sabía (y sigo sin saber) nada de los países de África, pero sabía mucho sobre la Revolución Francesa, las Guerras Mundiales y la Guerra Fría.
Había estado en Alemania, trabajando y viajando. Hablaba algo de alemán y algo de inglés. Con mi secundario completo, sabía mucho sobre la Revolución Francesa y las Guerras Mundiales, pero en mi querida Argentina del 2001 eso no sumaba puntos para conseguir un trabajo, donde abogadas recién recibidas se postulaban al mismo puesto de secretaria que yo.
Por eso, en abril del año siguiente, volvía a Alemania para trabajar allá, aunque ya no en la fábrica donde me malcriaban y ya no para juntar plata para seguir viajando. ¿O sí? ¿O acaso la vida entera no es un viaje?
¿Y qué hay al final de este viaje? (Hacer click para escuchar)
Pero en aquella época, sin mp3 ni mucha variación en mi repertorio, escuchaba ese casete de Silvio en el camino a la facultad, en el colectivo a La Cumbre, donde visitaba a mis abuelos y aprovechaba para lavar ropa y comer rico; y también durante algunas esperas para las entrevistas de trabajo. Éramos muchos buscando trabajo. Yo nunca había estado en una entrevista de trabajo, aunque algo de experiencia tenía: había trabajado en una fábrica de manufacturación de fibras vegetales en Alemania, hacía más o menos un año, cuando fui por primera vez con mi amiga Claudia, aunque aquella vez conseguimos el trabajo gracias a la gestión de la abuela de Clau.
Sí, no hacía mucho tiempo había estado en Alemania y había trabajado dos meses en esa fábrica, donde mis amables compañeras de trabajo me tomaron cariño y se dedicaron a enseñarme las primeras palabras que aprendí en alemán: Tür (puerta), Fenster (ventana), Kaffeepause :-). Yo, por mi parte, les enseñé que Argentina es un bonito país que queda en la parte del mundo donde es invierno mientras en Alemania es verano. No conocían mi país ninguna de esas dos mujeres que trabajan empaquetando muestras de los productos de la fábrica para promocionarlos en el resto del mundo. Ni la señora de casi 60 años que había nacido y crecido en la Alemania occidental capitalista, ni la cincuentona que había nacido y crecido en la Alemania oriental socialista, de donde había se había ido, como muchos otros, ni bien cayó el muro. A mí me pareció sorprendente que ninguna de las dos conociera la Argentina. Descubrir eso me enseñó dos cosas: que no éramos tan importantes como yo creía y que ellos tampoco deberían ser tan importantes para nosotros: ¿por qué nos machacaban tanto con la historia europea en el secundario y no, por ejemplo, con la propia, la del país, la de los países vecinos y por extensión la de los países del mismo hemisferio, como los de África? Yo no sabía (y sigo sin saber) nada de los países de África, pero sabía mucho sobre la Revolución Francesa, las Guerras Mundiales y la Guerra Fría.
Había estado en Alemania, trabajando y viajando. Hablaba algo de alemán y algo de inglés. Con mi secundario completo, sabía mucho sobre la Revolución Francesa y las Guerras Mundiales, pero en mi querida Argentina del 2001 eso no sumaba puntos para conseguir un trabajo, donde abogadas recién recibidas se postulaban al mismo puesto de secretaria que yo.
Por eso, en abril del año siguiente, volvía a Alemania para trabajar allá, aunque ya no en la fábrica donde me malcriaban y ya no para juntar plata para seguir viajando. ¿O sí? ¿O acaso la vida entera no es un viaje?
¿Y qué hay al final de este viaje? (Hacer click para escuchar)
sábado, 5 de mayo de 2012
El lugar donde yo quería estar era este.
Quizás porque ya había estado allá una vez, no hacía mucho tiempo, y había comprobado con alegría que a pesar de lo prolijo, lo seguro, lo organizado, lo "desarrollado y primermundista" que podía ser todo del otro lado del charco, yo extrañaba mi lado del charco. Aquella vez, en el año 2000, había viajado desde Ushuaia, impulsada por la idea romántica de estudiar francés y bellas artes en... Francia (¿dónde más?). Soñaba con lo que ese país y su cultura podrían ofrecerme. Todo fue diferente a lo imaginado en ese primer viaje (que en algún momento tendrá su propio capítulo en este blog), no aprendí francés ni estudié bellas artes, pero aprendí a querer un poco más mi lado del charco.Y mis charcos. Extrañaba la imperfección, las calles con barro y los pozos típicos del deshielo de septiembre en la ciudad más austral. La sensación que tuve estando allá fue la de "acá ya está todo hecho", mientras en mi país había tanto, tantísimo por hacer. Volví con ganas de hacer.
No pude hacer demasiado, esa crisis era como una mano gigante que con el dedo índice decía constantemente "no se puede". No pude hacer demasiado, pero lo que hice me alcanzó de sobra para saber que quería volver a seguir haciendo. Lo más importante que hice fueron los amigos. Esos amigos que, por las circunstancias en que se los conoce, son para siempre.
En el séptimo piso de la Ambrosio Olmos al 900 se armó una especie de comunidad-comando-anti crisis. Compartíamos la comida, el sol que entraba por la ventana de nuestro lado en el invierno y el fresco que se podía disfrutar del lado del departamento del frente en verano (no había, claro está, ni calefactor ni aire acondicionado). No me olvido más la primera vez que Fede, recién mudado, tocó la puerta y con las manos con gesto de sostener una taza me preguntó: "¿Me prestás gas?" El santafesino no daba más sin su mate. Ese fue el primero de muchos, muchos mates que pasarían de mano en mano, manchando apuntes de kinesiología, ciencias de la comunicación, economía, ingeniería o historia del arte.
Hasta la mala suerte compartíamos. Un día llegó Agostina de cursar y entre asustada y divertida nos contó que la habían asaltado en Ciudad Universitaria. O mejor dicho, la habían "intentado" asaltar, pero como realmente no tenía ni una moneda, el asaltante (que la había amenazado con una especie de trincheta o "cuchillito"), la dejó ir sin más. "Me dio pena el tipo", nos dijo Agos, "pero yo no tenía más que mis aros hippies, ¡que no valen nada!". Al ratito llegó Sergio, también venía de Ciudad Universitaria y lo primero que nos contó fue que lo habían querido asaltar. "Un flaquito, con una navaja miserable, pobre tipo, ¡yo no tenía nada para darle!" Nos reímos por la coincidencia y nos lamentamos un poco por el pobre ladrón, que había elegido a los estudiantes como blanco, cuando en esa época los estudiantes poco y nada tenían encima como para generarle un botín interesante.
Ser estudiante en esa época era eso: juntar las monedas para los apuntes y, si sobraban, compartir una cerveza de $1,50 en la vereda. Y si todavía seguían sobrando (porque era principio de mes), podíamos darnos el lujo de comprar una muzzarella de 3 pesos en lo del turco.
Definitivamente, lo mejor que hice en ese 2001 fueron los amigos.
lunes, 30 de abril de 2012
Aquel 2001
No pude hacer un resumen, así que me voy a explayar un poquito más sobre ese
año 2001 y los principios del 2002. También porque me parece interesante hacer
algunas comparaciones con la actualidad (personal, nacional e internacional).
Hace diez años estaba por cumplir mi segunda década de vida. El país todavía
no cumplía su segunda década desde el regreso a la democracia, después de siete
años de dictadura. En ese 2001 había pocas esperanzas, en general, y pensar que
los crímenes de la dictadura podrían ser juzgados alguna vez, era casi una
utopía. Una utopía que, sin embargo, muchos sostuvieron durante todos esos años
y siguieron sosteniendo, de manera inclaudicable, hasta que se cumplió. Hoy,
diez años más tarde, muchos de los culpables fueron condenados por crímenes de
lesa humanidad y aunque todavía falta mucho por hacer, por fin se puede pensar
que en este país hay memoria y hay justicia.
Pienso en todo esto mientras miro las noticias y veo a los españoles
manifestándose contra los ajustes y recuerdo la condena reciente contra el Juez
Garzón, que había intentado juzgar los crímenes del franquismo, y pienso en
todos los argentinos que hace diez años se despedían de sus familias en Ezeiza.
La mayoría iba a España. ¿Habrán vuelto desde entonces? ¿O estarán allí todavía,
pensando en que cada diez años les toca un sacudón, estén donde estén, como si
ese fuera un destino del que no pueden escapar?
Yo, cuando me fui, sabía que volvía. Quería volver (a pesar de mi pasaje de
ida solamente). En ningún momento se me cruzó por la cabeza quedarme allá. Acá
estaba lo que yo quería. Un poco precario, bastante desprolijo, injusto muchas
veces, acaso inseguro, el lugar donde yo quería estar era este.
domingo, 29 de abril de 2012
Empecé un blog.
Esta vez va en serio.
Aunque ya no esté de moda, porque facebook acapara toda la atención, voy a saldar esta cuenta pendiente conmigo misma.
¿Para qué un blog? No sé muy bien todavía, pero creo que es para que no se me escapen, como tantas otras veces, algunos pensamientos, algunas imágenes, algún recuerdo.
Los pensamientos que ocupan últimamente mi cabeza tienen que ver con un viaje que hice hace diez años y que voy a repetir, en circunstancias muy diferentes, dentro de muy poco.
La idea es plasmar en estas páginas (¿se dice "página" o "pantalla" cuando se publica por este medio?, no estoy segura) algunos recuerdos de aquel viaje y lo que vaya viviendo, reviviendo, revolviendo en este.
Para no seguir haciéndome la misteriosa, trataré de resumir en pocas palabras el contexto de aquel viaje y el contexto de este. Ahí va...
Diciembre de 2001
La historia conocida: desempleo, crisis, cacerolazos, represión, presidentes que huyen en helicóptero, presidentes por un día, o dos, indignación, desesperanza, "que se vayan todos".
Y yo intentando conseguir un trabajo en Córdoba, donde vivía desde marzo, donde había empezado a estudiar Bellas Artes, donde me había separado de mi novio del secundario, donde había conocido a Fede, con quien me puse de novia, donde alquilaba con Agos un departamento por 250 pesos (dólares) mensuales, donde con 16 pesos (dólares) mensuales comprábamos en el Minisol tres o cuatro bolsas de mercadería (de la más barata, por supuesto), donde más de una vez juntamos las últimas moneditas para comprar un paquete de galletas que salía 50 ó 60 centavos (pero nunca pasamos hambre, mamá, así que no llores en esta parte, ¿si?), donde había empezado para mí un capítulo de mi historia que de alguna manera siento que estoy cerrando recién ahora.
Mi hermano Máximo vivía hace un par de años en Inglaterra y mi hermano Alejando estudiaba en Alemania, donde vivía con su mujer y su hijo de 3 años, Julio. Ellos me invitaron a ir a Europa a trabajar. Viviendo con Ale o Máximo no tendría que pagar alquiler y podría ahorrar para retomar mis estudios al año siguiente -ya no de Bellas Artes, sino de Lengua y Literatura Castellana-.
Junté coraje, junté algunas cosas imprescindibles como la música (todavía en casetes), algún libro, alguna foto, junté muchos besos de Fede para que me alcanzaran por el tiempo indefinido en que me iba (tenía pasaje de ida solamente), metí todo eso en mi mochila de 70 litros y partí un 14 de abril desde la terminal de Córdoba, sentada en el primer asiento de un colectivo semicama. Desde la ventana panorámica veía alejarse las figuras de Fede, Agostina y Sergio, que me fueron a despedir y se quedaron parados en la plataforma mientras el colectivo retrocedía. Después, por arte de magia de amigos magos, aparecieron en el boulevard del otro lado de la terminal, agitando los brazos para que los viera.
No tengo recuerdos demasiado nítidos de cómo llegué a Ezeiza, supongo que en algún colectivo. No recuerdo si fui con alguien o no, creo que no, porque no recuerdo haberme despedido de nadie en el aeropuerto. Sí recuerdo a las familias enteras que despedían a sus padres, hijos, hermanos que, como yo, se iban del país en busca de trabajo. La última sala antes del preembarque parecía un velatorio. La tristeza que se respiraba ahí era insoportable. Tampoco recuerdo mucho del vuelo. Llegué al aeropuerto de Zurich donde tomé un tren que me llevaría a Konstanz, la ciudad al sur de Alemania donde vivía mi hermano Ale.
Post data: No pude hacer un resumen, así que lo seguiré en la próxima.
Mi hermano Máximo vivía hace un par de años en Inglaterra y mi hermano Alejando estudiaba en Alemania, donde vivía con su mujer y su hijo de 3 años, Julio. Ellos me invitaron a ir a Europa a trabajar. Viviendo con Ale o Máximo no tendría que pagar alquiler y podría ahorrar para retomar mis estudios al año siguiente -ya no de Bellas Artes, sino de Lengua y Literatura Castellana-.
Junté coraje, junté algunas cosas imprescindibles como la música (todavía en casetes), algún libro, alguna foto, junté muchos besos de Fede para que me alcanzaran por el tiempo indefinido en que me iba (tenía pasaje de ida solamente), metí todo eso en mi mochila de 70 litros y partí un 14 de abril desde la terminal de Córdoba, sentada en el primer asiento de un colectivo semicama. Desde la ventana panorámica veía alejarse las figuras de Fede, Agostina y Sergio, que me fueron a despedir y se quedaron parados en la plataforma mientras el colectivo retrocedía. Después, por arte de magia de amigos magos, aparecieron en el boulevard del otro lado de la terminal, agitando los brazos para que los viera.
No tengo recuerdos demasiado nítidos de cómo llegué a Ezeiza, supongo que en algún colectivo. No recuerdo si fui con alguien o no, creo que no, porque no recuerdo haberme despedido de nadie en el aeropuerto. Sí recuerdo a las familias enteras que despedían a sus padres, hijos, hermanos que, como yo, se iban del país en busca de trabajo. La última sala antes del preembarque parecía un velatorio. La tristeza que se respiraba ahí era insoportable. Tampoco recuerdo mucho del vuelo. Llegué al aeropuerto de Zurich donde tomé un tren que me llevaría a Konstanz, la ciudad al sur de Alemania donde vivía mi hermano Ale.
Post data: No pude hacer un resumen, así que lo seguiré en la próxima.
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