En ese 2001 descubrí un disco de Silvio Rodríguez que todavía no había escuchado: "Al final de este viaje". Lo grabé en un casete (o cassette o caset) y lo escuché muchas veces en mi walkman. Sí, en esa época todavía era bastante común. Y no pasó tanto tiempo, pero hoy pensamos en el casete con cierta nostalgia y nos reímos de esa foto que recorre las redes sociales donde se ve un casete y una lapicera Bic con una leyenda que reza "¿A que no saben qué relación tienen estos dos objetos?". La pregunta es obvia para los que, en pos de ahorrar las costosas pilas, rebobinábamos el casete con la lapicera, moviéndolo como si fuera una de esas maracas que reparten en los casamientos; pero no lo es tanto para los que nacieron en la era del discman y, mucho menos, para los que prácticamente no conocen otro formato que no sea el de mp3. No voy a caer en el clásico "todo tiempo pasado fue mejor" porque la verdad verdadera es que el mp3 me parece un invento genial y el dichoso aparatito me acompaña a todos lados con 4 Gigas de canciones de lo más variadas.
Pero en aquella época, sin mp3 ni mucha variación en mi repertorio, escuchaba ese casete de Silvio en el camino a la facultad, en el colectivo a La Cumbre, donde visitaba a mis abuelos y aprovechaba para lavar ropa y comer rico; y también durante algunas esperas para las entrevistas de trabajo. Éramos muchos buscando trabajo. Yo nunca había estado en una entrevista de trabajo, aunque algo de experiencia tenía: había trabajado en una fábrica de manufacturación de fibras vegetales en Alemania, hacía más o menos un año, cuando fui por primera vez con mi amiga Claudia, aunque aquella vez conseguimos el trabajo gracias a la gestión de la abuela de Clau.
Sí, no hacía mucho tiempo había estado en Alemania y había trabajado dos meses en esa fábrica, donde mis amables compañeras de trabajo me tomaron cariño y se dedicaron a enseñarme las primeras palabras que aprendí en alemán: Tür (puerta), Fenster (ventana), Kaffeepause :-). Yo, por mi parte, les enseñé que Argentina es un bonito país que queda en la parte del mundo donde es invierno mientras en Alemania es verano. No conocían mi país ninguna de esas dos mujeres que trabajan empaquetando muestras de los productos de la fábrica para promocionarlos en el resto del mundo. Ni la señora de casi 60 años que había nacido y crecido en la Alemania occidental capitalista, ni la cincuentona que había nacido y crecido en la Alemania oriental socialista, de donde había se había ido, como muchos otros, ni bien cayó el muro. A mí me pareció sorprendente que ninguna de las dos conociera la Argentina. Descubrir eso me enseñó dos cosas: que no éramos tan importantes como yo creía y que ellos tampoco deberían ser tan importantes para nosotros: ¿por qué nos machacaban tanto con la historia europea en el secundario y no, por ejemplo, con la propia, la del país, la de los países vecinos y por extensión la de los países del mismo hemisferio, como los de África? Yo no sabía (y sigo sin saber) nada de los países de África, pero sabía mucho sobre la Revolución Francesa, las Guerras Mundiales y la Guerra Fría.
Había estado en Alemania, trabajando y viajando. Hablaba algo de alemán y algo de inglés. Con mi secundario completo, sabía mucho sobre la Revolución Francesa y las Guerras Mundiales, pero en mi querida Argentina del 2001 eso no sumaba puntos para conseguir un trabajo, donde abogadas recién recibidas se postulaban al mismo puesto de secretaria que yo.
Por eso, en abril del año siguiente, volvía a Alemania para trabajar allá, aunque ya no en la fábrica donde me malcriaban y ya no para juntar plata para seguir viajando. ¿O sí? ¿O acaso la vida entera no es un viaje?
¿Y qué hay al final de este viaje? (Hacer click para escuchar)
domingo, 20 de mayo de 2012
sábado, 5 de mayo de 2012
El lugar donde yo quería estar era este.
Quizás porque ya había estado allá una vez, no hacía mucho tiempo, y había comprobado con alegría que a pesar de lo prolijo, lo seguro, lo organizado, lo "desarrollado y primermundista" que podía ser todo del otro lado del charco, yo extrañaba mi lado del charco. Aquella vez, en el año 2000, había viajado desde Ushuaia, impulsada por la idea romántica de estudiar francés y bellas artes en... Francia (¿dónde más?). Soñaba con lo que ese país y su cultura podrían ofrecerme. Todo fue diferente a lo imaginado en ese primer viaje (que en algún momento tendrá su propio capítulo en este blog), no aprendí francés ni estudié bellas artes, pero aprendí a querer un poco más mi lado del charco.Y mis charcos. Extrañaba la imperfección, las calles con barro y los pozos típicos del deshielo de septiembre en la ciudad más austral. La sensación que tuve estando allá fue la de "acá ya está todo hecho", mientras en mi país había tanto, tantísimo por hacer. Volví con ganas de hacer.
No pude hacer demasiado, esa crisis era como una mano gigante que con el dedo índice decía constantemente "no se puede". No pude hacer demasiado, pero lo que hice me alcanzó de sobra para saber que quería volver a seguir haciendo. Lo más importante que hice fueron los amigos. Esos amigos que, por las circunstancias en que se los conoce, son para siempre.
En el séptimo piso de la Ambrosio Olmos al 900 se armó una especie de comunidad-comando-anti crisis. Compartíamos la comida, el sol que entraba por la ventana de nuestro lado en el invierno y el fresco que se podía disfrutar del lado del departamento del frente en verano (no había, claro está, ni calefactor ni aire acondicionado). No me olvido más la primera vez que Fede, recién mudado, tocó la puerta y con las manos con gesto de sostener una taza me preguntó: "¿Me prestás gas?" El santafesino no daba más sin su mate. Ese fue el primero de muchos, muchos mates que pasarían de mano en mano, manchando apuntes de kinesiología, ciencias de la comunicación, economía, ingeniería o historia del arte.
Hasta la mala suerte compartíamos. Un día llegó Agostina de cursar y entre asustada y divertida nos contó que la habían asaltado en Ciudad Universitaria. O mejor dicho, la habían "intentado" asaltar, pero como realmente no tenía ni una moneda, el asaltante (que la había amenazado con una especie de trincheta o "cuchillito"), la dejó ir sin más. "Me dio pena el tipo", nos dijo Agos, "pero yo no tenía más que mis aros hippies, ¡que no valen nada!". Al ratito llegó Sergio, también venía de Ciudad Universitaria y lo primero que nos contó fue que lo habían querido asaltar. "Un flaquito, con una navaja miserable, pobre tipo, ¡yo no tenía nada para darle!" Nos reímos por la coincidencia y nos lamentamos un poco por el pobre ladrón, que había elegido a los estudiantes como blanco, cuando en esa época los estudiantes poco y nada tenían encima como para generarle un botín interesante.
Ser estudiante en esa época era eso: juntar las monedas para los apuntes y, si sobraban, compartir una cerveza de $1,50 en la vereda. Y si todavía seguían sobrando (porque era principio de mes), podíamos darnos el lujo de comprar una muzzarella de 3 pesos en lo del turco.
Definitivamente, lo mejor que hice en ese 2001 fueron los amigos.
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