martes, 26 de junio de 2012

Lo que quisiste ser


Hace diez años, un día como hoy, me despedía de mis 19 con un nudo en la garganta tras haber leído, como todos los días, las noticias cada vez más tristes de mi país. Estaba en Konstanz, Alemania, hacía poco más de dos meses y leía por Internet las noticias que hablaban de cómo mi país se desangraba.
Hace diez años, un día como hoy, asesinaban con descaro, con saña, a Maxi Kosteky y Darío Santillán, que como dice la canción de Fandermole, habían salido a cortar el puente “con las razones de la fiebre y una tristeza absurda como el hambre”.
Hoy, diez años después, vuelvo a cumplir años lejos de mi país. Pero somos tan diferentes de entonces, mi país y yo.
Estoy de viaje otra vez, pero en circunstancias muy distintas. Aquella vez vine a trabajar y ahora vine de vacaciones. Aquella vez vine forzada por la situación económica, esta vez pude venir gracias a la situación económica. Aquella vez vine sin pasaje de vuelta, sin saber a ciencia cierta cuándo volvería, ahora tengo la fecha y hasta la hora exactas en que pisaré de nuevo mi suelo argentino. Aquella vez viajé con un walkman (mi valor más preciado), un puñado de casettes (entre ellos uno que en la letra de niño de Fede tenía escrito el título “Musiquita del sur” y que yo escuchaba hasta que me caían lágrimas, sobre todo cuando llegaba a la canción “Adagio a mi país”, de Zitarrosa) y una libretita donde anotaba mis impresiones. Ni cámara de fotos traía. Esta vez mi equipaje es mucho menos modesto: traje un mp3 con 4 gigas de canciones, un e-book con cientos de libros, una netbook, una cámara de fotos, un disco externo, un pendrive y un celular (que no tiene señal, pero me sirve de reloj y de calculadora). Traigo tantos bártulos tecnológicos en el equipaje de mano, que en el aeropuerto de Ezeiza me preguntaron si era periodista. Debo confesar que me impresiona un poco la lista de objetos que ahora siento imprescindibles y de los cuales hace diez años no tenía ni uno. Cualquiera diría que las diferencias se deben a la mejora de mi poder adquisitivo (en aquel entonces era estudiante, ahora ya soy eso que llaman “una profesional”) y que en todo caso me tendría que alegrar por haber “progresado”. Pero sinceramente me asusta y me angustia un poco sentir que dependo de estos objetos, que no son más que eso: objetos. Objetos que me tienen esclava, porque todo el tiempo estoy pendiente de no perderlos, de que no me los roben, de que tengan carga. Y me pregunto ¿son tan necesarios? ¿Soy mejor, más importante, más madura, más seria, por tenerlos? ¿No era antes más libre, más liviana, más sencilla?
Sí, es cierto que me “facilitan” la vida y que gracias a ellos estoy “conectada” con mis afectos. Pero ¿hasta dónde es real esa conexión? ¿Acaso son antídotos ultra-eficaces contra las soledades crónicas? Lo dudo. Y sin embargo sigo acumulando objetos. Y para adquirirlos, antes tuve que acumular dinero; y para eso tuve que trabajar muchas horas, horas que indefectiblemente suprimí de mi tiempo libre, del tiempo que podría utilizar para visitar amigos, tomar con ellos mates y decirles cara a cara que me gusta su nuevo corte de pelo o el comentario que acabo de escuchar de sus bocas.
Entonces no puedo evitar sentir nostalgia por aquella que era hace diez años, con tantas carencias materiales y sin embargo tan plena.
Mi deseo para este cumpleaños es aprender a prescindir de las cosas que me esclavizan, volver a las que realmente valen y, sobre todo, poder desandar el camino que me alejó de aquella que alguna vez quise ser.