Hace diez
años, un día como hoy, me despedía de mis 19 con un nudo en la garganta tras
haber leído, como todos los días, las noticias cada vez más tristes de mi país.
Estaba en Konstanz, Alemania, hacía poco más de dos meses y leía por Internet las
noticias que hablaban de cómo mi país se desangraba.
Hace diez
años, un día como hoy, asesinaban con descaro, con saña, a Maxi Kosteky y Darío
Santillán, que como dice la canción de Fandermole, habían salido a cortar el
puente “con las razones de la fiebre y una tristeza absurda como el hambre”.
Hoy, diez
años después, vuelvo a cumplir años lejos de mi país. Pero somos tan diferentes
de entonces, mi país y yo.
Estoy de
viaje otra vez, pero en circunstancias muy distintas. Aquella vez vine a
trabajar y ahora vine de vacaciones. Aquella vez vine forzada por la situación
económica, esta vez pude venir gracias a la situación económica. Aquella vez
vine sin pasaje de vuelta, sin saber a ciencia cierta cuándo volvería, ahora
tengo la fecha y hasta la hora exactas en que pisaré de nuevo mi suelo
argentino. Aquella vez viajé con un walkman (mi valor más preciado), un puñado
de casettes (entre ellos uno que en la letra de niño de Fede tenía escrito el título
“Musiquita del sur” y que yo escuchaba hasta que me caían lágrimas, sobre todo
cuando llegaba a la canción “Adagio a mi país”, de Zitarrosa) y una libretita
donde anotaba mis impresiones. Ni cámara de fotos traía. Esta vez mi equipaje
es mucho menos modesto: traje un mp3 con 4 gigas de canciones, un e-book con
cientos de libros, una netbook, una cámara de fotos, un disco externo, un pendrive
y un celular (que no tiene señal, pero me sirve de reloj y de calculadora). Traigo
tantos bártulos tecnológicos en el equipaje de mano, que en el aeropuerto de
Ezeiza me preguntaron si era periodista. Debo confesar que me impresiona un
poco la lista de objetos que ahora siento imprescindibles y de los cuales hace
diez años no tenía ni uno. Cualquiera diría que las diferencias se deben a la
mejora de mi poder adquisitivo (en aquel entonces era estudiante, ahora ya soy
eso que llaman “una profesional”) y que en todo caso me tendría que alegrar por
haber “progresado”. Pero sinceramente me asusta y me angustia un poco sentir
que dependo de estos objetos, que no son más que eso: objetos. Objetos que me
tienen esclava, porque todo el tiempo estoy pendiente de no perderlos, de que
no me los roben, de que tengan carga. Y me pregunto ¿son tan necesarios? ¿Soy
mejor, más importante, más madura, más seria, por tenerlos? ¿No era antes más
libre, más liviana, más sencilla?
Sí, es
cierto que me “facilitan” la vida y que gracias a ellos estoy “conectada” con
mis afectos. Pero ¿hasta dónde es real esa conexión? ¿Acaso son antídotos
ultra-eficaces contra las soledades crónicas? Lo dudo. Y sin embargo sigo
acumulando objetos. Y para adquirirlos, antes tuve que acumular dinero; y para eso
tuve que trabajar muchas horas, horas que indefectiblemente suprimí de mi
tiempo libre, del tiempo que podría utilizar para visitar amigos, tomar con
ellos mates y decirles cara a cara que me
gusta su nuevo corte de pelo o el comentario que acabo de escuchar de sus
bocas.
Entonces no
puedo evitar sentir nostalgia por aquella que era hace diez años, con tantas
carencias materiales y sin embargo tan plena.
Mi deseo
para este cumpleaños es aprender a prescindir de las cosas que me esclavizan,
volver a las que realmente valen y, sobre todo, poder desandar el camino que me
alejó de aquella que alguna vez quise ser.